jueves, 10 de enero de 2008

Tengo una hermanita mayor a la que le llevo un par de años

Tengo una hermanita mayor, a la que llevo un par de años.

 

La encontré por las maravillas del azar, cuando recién entraba a la U.  Curiosamente, la única clase que tuvimos juntas, fue una en la que sólo yo estaba inscrita, aunque mi hermana mayor era la que leía las fotocopias en inglés, y me hacía los resúmenes.  A pesar de eso, nos acompañamos todos los meses en los que pudimos hacerlo.  Estudiamos juntas, aún cuando no tuvimos ninguna clase.

Celebramos y lloramos, cuando teníamos que hacerlo.

Nos contamos los secretos más oscuros y los más claritos también.

 

En otras palabras, crecimos.  Y crecer no es fácil de definir, pero hoy me doy cuenta que crecimos juntas.  Las dos solitas fuimos niñas y muchas veces, grandes, cuando debimos serlo.

 

Creo que en el mundo entero, no hay alguien que me conozca más que mi hermanita.   Ella me dio la confianza y la oportunidad de mostrarme como soy, sin reservas, sin miedos y sin restricciones.

 

Y un día, el odioso azar se empeñó en poner algo de distancia entre las dos.

 

Pero cuando el amor es sincero, los kilómetros no importan.  Las distancias más grandes no se miden con un metro.

 

Como si fuera ayer, recuerdo la despedida.  (escribir esto, sin duda, duele, e incluso, ocasiona lágrimas)

Los abrazos, los recuerdos, las lágrimas y sobre todo, la amargura.

Dentro de las cosas que no me gustan, y que a fuerza, he tenido que acostumbrarme, es a las despedidas.  Y aunque suene odioso, las detesto.

 

Y recuerdo los millones de lágrimas, cuando le escribía algún correo.

Y todas las que salían cuando me encontraba con su novio, a quien adoro.

Y las que venían, cuando viví en su apartamento, en su cuarto, en su cama, y ella no estaba.

Y cuando pasaba por la U, y descubría lo sola que estaba.

 

Y tal vez por todo lo anterior, para evitarlo, escribo poco.

Porque un día como hoy, escribiendo esto, la extraño como nunca.

 

La vida nos ha cambiado mucho.  Los años no pasan en vano.

El azar hizo que de alguna forma, el protagonismo como hermanas, disminuyera en los hechos cotidianos.

Estuvo su silla vacía en mi matrimonio, cuando nació mi hija, en su primer cumpleaños.

Y cada noche, hay una silla vacía en mi mesa, para ella.

Y yo, no estuve en su graduación, ni en su matrimonio.  Aunque sé que me esperó.

Y me siento y veo sus fotos, como sé que ella hará con las mías, y me entristece no poder estar allí.  Tristeza y un también, un poco de rabia.

 

Y duele.

Y un día como hoy, duele demasiado tenerla y no tenerla.

La tengo, porque donde quiera que esté, sé que cuento con ella, en todos los sentidos.

Y no tenerla, porque no está aquí para verla, abrazarla, y decirle cuánto la quiero.

 

Talvez si ella estuviera, yo sería un poco más fuerte.

Porque mi hermanita me fortalece.

 

Sin duda, mi hermanita Diana, es una de las personas más importantes de mi vida.  Tal vez si no la hubiera conocido, sería un ser humano más pequeño, menos bueno.

 

Te quiero, hermanita!